Helena hubiera gritado con fuerza si en aquel momento el hombre sin nombre no hubiera estado mirándola con la serenidad que tanto le caracterizada. Si aquel hombre hubiera tenido un poco más de valentía en su mirada, le hubiera agarrado del pelo temblando de ira y le hubiera escupido palabras lúcidas y dañinas hasta quedarse sin aire, todas seguidas, sin pararse a respirar entre ellas. Sin embargo, forzó una sonrisa y se marchó cerrando la puerta con cuidado sin articular una sola sílaba. Bajó las estrechas escaleras del edificio viejo en el que habían vivido juntos pensando en todos los gemidos de dolor que reprimía a lo largo del día y la forma tan hipócrita en la que los expulsaba cuando pasaba la noche acompañada.
Al salir a la calle se le pasó por la mente la idea de que por primera vez en su vida entendía a Pollock y necesitaba arrojar pintura a un lienzo sin arte ni talento, como cualquier homínido lo haría, por el puro placer de liberar su alma salvaje mientras alternaba en su equipo rock y música barroca. Necesitó en ese instante, que podría ser cualquiera, de cualquier época del año, reflejar en un cuadro que era posible experimentar en una misma emoción el sentirse mediocre y terriblemente especial. Helena deseaba llorarle a un desconocido su falta de talento y reír con otro contándole sus ideas en potencia. Quería expandirse y saber más de filosofía y saber más de química y menos de odios y amores. No obstante, anhelaba dirigirse al presidente del mundo -fuera quién fuera- para tratar de argumentarle por qué sería más feliz si dejase de dirigir al planeta y dirigiera a una persona que también lo dirigiera a él.
Por las venas de Helena corría la contradicción más salvaje, esa que atormentó a Max Estrella y Augusto Pérez, a Don Quijote y a Emma Bovaly, a Hamlet y a Segismundo; esa que de una manera u otra conducía a preguntas a las que tal vez hubiera sido mejor no llegar nunca. Preguntas que recorrían el alma como tenas que comen las entrañas de sus víctimas sin avisar.
Le pesaba el cuerpo como si de súbito se hubiera vuelto anciana y las elucubraciones bullían incansables en su espíritu. Helena no era Helena, era una duda superlativa dentro de un mar de historias que paseaban por Callao, sumergida y hundida entre seres aparentemente similares a ella y sin embargo reflejados como antítesis exageradas aquel día. En los últimos pasos antes de arrojarse a la deshumanizada autopista de Gran Vía, Helena odió al hombre sin nombre con toda su alma y también lo amó como no lo había hecho nunca, quiso morir en sus brazos y culparlo de su desdicha en un último beso. Helena odió al mundo, odió las grandes ciudades y las personas cerradas, odió los coches todo-terreno y a las modelos anoréxicas que anunciaban un ideal de belleza tétrica. En el suspiro final, cuando la rodeaban cuerpos multicolores y luces grises, cuando un conductor pálido y tembloroso trataba de tomarle el pulso; Helena amó, amó al universo, a las casas de piedra y a los áticos de las metrópolis, amó las sonrisas desconocidas que jamás se vuelven a ver y amó Las tres gracias de Rubens y el Canto al Amor de Benlliure. Helena se arrepintió de su atrevimiento y amó la vida. Disfrutó de aquella última visión de belleza con más humanidad de la que nunca había experimentado antes. Tanta que no lo aguantó, tanta que murió sonriendo.





