Bajo los primeros bostezos del sol, el artista colocaba minuciosamente toldos y demás útiles para proteger al lienzo que estaba a punto de comenzar. La playa reposaba tranquila tras el movimiento imparable de las olas durante la madrugada. Antes de comenzar a mezclar colores, el pintor se adelantó unos pasos a donde tenía situado su particular taller y respiró el aroma salado, el olor a vida que aquella playa le suscitaba. Miró a los niñas introducirse lentamente en el mar, miedosas al frío del agua por la mañana. Le gustaba ver como unos instantes sucedían a otros sin reposar, la vida iba pasando ante esa arena fina, y esos chiquillos que se aliaban con el viento para bailar con él. Echó un último vistazo y volvió con sus óleos, el momento era idóneo. Los niños ajenos al estudio de cómo la luz incidía en ellos, correteaban de un sitio a otro, hasta que de vez en cuando Joaquín les pedía unos minutos de quietud para retocar detalles. La mañana transcurría entre blancos, azules y ocres, entre risas y chillos infantiles, y la mirada amable de un pintor vitalista, deseoso de reflejar la grandiosidad de lo sencillo que lo rodeaba. La jovialidad de los pequeños parecía no marcharse nunca, a veces acudían curiosos a investigar cómo se veían dibujados en un lienzo, las niñas se imaginaban pequeñas estrellas, los niños reían de forma ruidosa y se enorgullecían de su reflejo pintado. Cuando la luz se acababa, o cambiaba de tonalidad, significaba para el pintor que era la hora de volver a casa, de recoger los pinceles y llegar al hogar para disfrutar de la compañía de su querida Clotilde. No sin antes, cuando nadie lo observaba, correr hasta la orilla y chapotear unos minutos, recreando sus propias pinturas, viviendo la esencia de su profesión, disfrutando de la fugacidad del instante que acababa de plasmar para la emoción de futuras generaciones.
Joaquín Sorolla, llenando mis días de ganas de sol, de luz de infancia, de playas construidas con recuerdos.





