Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

viernes, 29 de agosto de 2014

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 Ninguno esperábamos este juego de letras en el que al final yo me enamoro de ti y tú me miras desde los ideales con sarcasmo mientras señalas que no hay mayor absurdo que el de enamorarse de un concepto. Llorando risas entre desgarradoras carcajadas te acercas a lo frágil para tornarlo invulnerable y apuntas que no hay en el mundo nada mejor que la última visión de vida de un moribundo, que el primer contacto con la muerte de un resucitado. Conocemos cómo te divierten los besos de cuarentones con lolitas, los mutuos temblores orgásmicos de los discrepantes, las versiones fílmicas de novelas, las verdades de la mitomanía, o los espejos sin realidad. Era inevitable la casualidad final que me uniese a ti aunque el físico se te escape, antítesis, origen de la vida. Nada más enriquecedor que la oposición para cerciorarse de la irrealidad en la que nos sumimos, cómo no enamorarme si eres tan impalpable como la libertad y tan cierto como la inexistencia de certezas. Sin contradicción no vivo, amor.

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