Aquella tarde la encontró más hermosa que nunca antes. Rodeada de gente que obstaculizaban sus deseos de correr a abrazarla sonreía sin alegría al cielo, como si esperara un milagro que jamás confesaría a nadie. Le brillaban los pómulos, se encontraba muy lejana. Sin embargo esa lejanía que los separaba trascendía la mera distancia y quizás pudiera catalogarse como una sensación de pánico al comprender que las noches jugando a capturar el brillo de las estrellas habían acabado para ellos. Quizás fuera esa distancia, esa frialdad que desprendió su mirada en el instante en el que se fijó en él, lo que acentuara su belleza en ese momento. Sus caderas seguían en su sitio, el pelo le caía de la misma forma recta e increíblemente ordenada tan propia de ella... La diferencia se encontraba en que no salían palabras alegres de su boca, ni quiera susurros o frases desesperadas. Comprendió por un instante a todos esos artistas que alabaron el amor platónico y fugaz, a esos eternos amantes que cantaron a la belleza inalcanzable de una mujer. Eran la dificultad y el deseo de poseer un cuerpo antes suyo y ahora de nadie las sensaciones que le hacían sentirse aturdido. Se trataba de sus labios sin movimiento, de sus pómulos coloreados por el calor, esos que ya no volvería a sostener entre sus manos tras un beso largo y algunas lágrimas. ''La dificultad siempre ha sido bella, lo imposible suscitará eterna atracción pese a que se sucedan las estirpes..., y es que supongo, además de otros muchos atributos, somos caprichosos , amamos lo veleidoso''. Se dijo desviando la mirada hacia ese cielo el cual, al fin y al cabo, era lo único que ambos compartían.

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