Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

sábado, 24 de marzo de 2012

Más allá del mero entretenimiento.

 Dudo si ellos experimentarán también este hastío cansado y rutinario que come de algunas de nosotras. Supongo que sí, ¿cómo no? Algún dandi debe quedar. Me lo imagino en un sillón remendado, leyendo mensajes de amor de mujeres a las que nunca quiso, desesperado, harto de salir a beber sin propósito por las discotecas de moda, exasperado con la incultura y la buena cara que a ella se le pone. En el piso de al lado quizás la misma escena y una protagonista diferente. Me la imagino a ella, pasando fotos en un ordenador polvoriento, preguntándose hasta que punto es capaz de querer y a quién podría querer, leyendo quizás a Clarín. Te cantaría la canción más desenamorada que lograra inventar si aún le quedara algo de voz. Te diría que todas las palabras de amor le suenan melosas y repetitivas, iguales y sin musicalidad; como si nada nuevo con respecto a estos temas pudiera surgir ya. 
 Me pregunto si nos alejamos tanto de las mujeres burguesas del XVIII y el XIX, que debían entregarse con fervor a la literatura para no morir aplastadas por el tedio. Por suerte nosotras tenemos más derechos de entrar y salir, más formas de entretener a nuestros sentidos. Sin embargo, esta ciudad no deja de recordarme a Vetusta, quizás porque el género humano por muy adelantado que se piense,  nunca dejará aparcados sus prejuicios sensacionalistas. Tengo la impresión de que en este siglo XXI, en el que algunas se consideran absolutamente libres, capaces de hacer lo que deseen sin limitaciones impuestas por nada (ni por hombres), son muchas las Anas Ozores que vagan por calles vacías de emociones sedientas de ávidos y fugaces romances, de vivir acciones moralmente cuestionables o de huir a algún lugar en el que no sean más que un rostro entre un millón.

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