Oh Lord, make me pure...but not yet.
Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.
jueves, 29 de marzo de 2012
Para darle sentido a lo absurdo de la muerte.
Quiero que me ayudes a controlarme, que me indiques que camino seguir, que me expliques por qué mis decisiones son sabias o incorrectas. Ven para que pueda hablarte de mis planes futuros, para darme tu opinión sobre como enfocar esto o aquello. Ríñeme si mi comportamiento es impropio de ese alguien que quiero llegar a ser. Bríndame los medios necesarios para construirme una vida de la que sentirme orgullosa en mi último aliento. Coloca en mi camino hombres que me entiendan sin dejar de quererme y mujeres que aguanten los malos tragos a esos hombres debidos en forma de lágrimas. Hazme bailar frente a las desgracias y enmudecer frente a las alegrías. Enséñame a descubrir los misterios que encierran las pasiones humanas. Busca para mí un compañero de aventuras con el que ir al Fin del Mundo. Sé que existe ese lugar, no trates de convencerme de lo contrario. Mueve los hilos del teatro mundo para que mi marioneta se sitúe en un lugar que encaje con ella. Hazme buena, sensible, generosa, escritora...
martes, 27 de marzo de 2012
¡Oh ven, ven tú!
Aquella tarde la encontró más hermosa que nunca antes. Rodeada de gente que obstaculizaban sus deseos de correr a abrazarla sonreía sin alegría al cielo, como si esperara un milagro que jamás confesaría a nadie. Le brillaban los pómulos, se encontraba muy lejana. Sin embargo esa lejanía que los separaba trascendía la mera distancia y quizás pudiera catalogarse como una sensación de pánico al comprender que las noches jugando a capturar el brillo de las estrellas habían acabado para ellos. Quizás fuera esa distancia, esa frialdad que desprendió su mirada en el instante en el que se fijó en él, lo que acentuara su belleza en ese momento. Sus caderas seguían en su sitio, el pelo le caía de la misma forma recta e increíblemente ordenada tan propia de ella... La diferencia se encontraba en que no salían palabras alegres de su boca, ni quiera susurros o frases desesperadas. Comprendió por un instante a todos esos artistas que alabaron el amor platónico y fugaz, a esos eternos amantes que cantaron a la belleza inalcanzable de una mujer. Eran la dificultad y el deseo de poseer un cuerpo antes suyo y ahora de nadie las sensaciones que le hacían sentirse aturdido. Se trataba de sus labios sin movimiento, de sus pómulos coloreados por el calor, esos que ya no volvería a sostener entre sus manos tras un beso largo y algunas lágrimas. ''La dificultad siempre ha sido bella, lo imposible suscitará eterna atracción pese a que se sucedan las estirpes..., y es que supongo, además de otros muchos atributos, somos caprichosos , amamos lo veleidoso''. Se dijo desviando la mirada hacia ese cielo el cual, al fin y al cabo, era lo único que ambos compartían.
sábado, 24 de marzo de 2012
Más allá del mero entretenimiento.
Dudo si ellos experimentarán también este hastío cansado y rutinario que come de algunas de nosotras. Supongo que sí, ¿cómo no? Algún dandi debe quedar. Me lo imagino en un sillón remendado, leyendo mensajes de amor de mujeres a las que nunca quiso, desesperado, harto de salir a beber sin propósito por las discotecas de moda, exasperado con la incultura y la buena cara que a ella se le pone. En el piso de al lado quizás la misma escena y una protagonista diferente. Me la imagino a ella, pasando fotos en un ordenador polvoriento, preguntándose hasta que punto es capaz de querer y a quién podría querer, leyendo quizás a Clarín. Te cantaría la canción más desenamorada que lograra inventar si aún le quedara algo de voz. Te diría que todas las palabras de amor le suenan melosas y repetitivas, iguales y sin musicalidad; como si nada nuevo con respecto a estos temas pudiera surgir ya.
Me pregunto si nos alejamos tanto de las mujeres burguesas del XVIII y el XIX, que debían entregarse con fervor a la literatura para no morir aplastadas por el tedio. Por suerte nosotras tenemos más derechos de entrar y salir, más formas de entretener a nuestros sentidos. Sin embargo, esta ciudad no deja de recordarme a Vetusta, quizás porque el género humano por muy adelantado que se piense, nunca dejará aparcados sus prejuicios sensacionalistas. Tengo la impresión de que en este siglo XXI, en el que algunas se consideran absolutamente libres, capaces de hacer lo que deseen sin limitaciones impuestas por nada (ni por hombres), son muchas las Anas Ozores que vagan por calles vacías de emociones sedientas de ávidos y fugaces romances, de vivir acciones moralmente cuestionables o de huir a algún lugar en el que no sean más que un rostro entre un millón.
domingo, 18 de marzo de 2012
No estoy hecha para la soledad.
Si fuera posible agradecer a cada cual lo que se merece de una manera que fuera más allá de las palabras de siempre, os haría felices, o por lo menos haría todo lo que estuviera en mi mano. Si adivinase cómo hacer para incluiros a todos a la vez entre estas frases que estoy mezclando y me hacen dudar, dando algo más que nombres... Podría empezar por ti, por recopilar toda la paciencia y juntarla con la esperanza que has puesto en mí, podría colocarlas en algún lugar al que siempre pudieras acudir, para que te dieran respuestas cuando más las necesites, para que te hagan recordar mi cariño cuando yo no pueda estar cerca para guiarte. Seguiría con vosotras, grabaría nuestras conversaciones de cuartos de baño y los secretos clandestinos para verlos en una televisión muy moderna dentro de unos cuantos años. Después recogería éxitos para ella, para que se sintiera orgullosa de lo que ha impulsado sola, sin necesidad de otra figura para que siguiéramos adelante, para que fuésemos felices aún a costa suya. Continuaría yéndome a ver a otra personita por segunda vez hoy, para recuperar el tiempo perdido y explicarle lo frenético que sigue siendo todo, lo que me apetece una noche con ella y una tarde de campo. No solo a vosotros, iría abrazando a más de uno, de una, que merece algo más que unas palabras de cariño por mi parte. Cumpliría los sueños más extravagantes si tuviera una lámpara con un genio, unos padrinos mágicos, un hada madrina o un angelito de la guarda. Me gusta compartir la vida con vosotros. Soy una loquita con suerte, con más de la que merecería... y a día de hoy soy feliz. ¡Qué fácil si os tengo para recordarme que no estoy sola! Gracias por aguantar pese al tiempo y las decepciones, por no abandonarme, por decirme cuando más lo necesito, que me queréis. Haré lo propio, os quiero.
jueves, 15 de marzo de 2012
Life it’s what happens while you’re busy making your excuses
Aunque me esté mal decirlo, debo confesar que en ocasiones mi paciencia; que de por si no es excesiva; se agota. Me aburro de los mismos comentarios vacíos provenientes de mentes muy reducidas en capacidad, de los carnets del coche, de las series televisivas en boga, de voces que chirrían desafinadas para mis oídos. Me enfado con risas que se me antojan sucias y degradantes. He de admitir que la incompetencia me sobrepasa. Me sobrepasan las oportunidades incesantes hacia aquellos que no entienden el valor de la oportunidad en sí. La incultura y el desinterés generalizado hierven mis amabilidades y desencajan mis gestos. ¿Es posible vivir sin ser consciente del valor de las personas y del potencial que pueden desarrollar? ¿Se puede censurar algo desconociendo los argumentos de la postura opuesta? ¿Es que acaso una ideología sirve como colchón para defender la propia opinión en todos los aspectos? Sin embargo, no menos me atormentan los aventajados que descubren sus conocimientos con miradas despectivas. Es cierto que la falta de conocimientos es muy criticable, pero, ¿no lo es también el saber y regocijarse en la ignorancia ajena? ¿No reduce la inteligencia el desconfiar de todo aquello que no sea nosotros mismos?
Me aburro, me desespero, me enfado y si estoy sola también grito. Lo hago por que hoy es uno de esos días en los que mi humanidad; la poca o mucha que me quede; me pide enfrentarme a esta sociedad absurda que se auto-censura sin hacer nada por cambiarse primero. Necesito enfrentarme a aquellos que culpan de sus fracasos a profesores, enamorados, amigos o, si nos ponemos drásticos, al sistema. Me gustaría ensalzar el poder del esfuerzo ante ojos que no comprenden lo que es el sacrificio. Deseo explicarle a los intelectuales que en ocasiones un sentimiento explica más satisfactoriamente un hecho que cientos de volúmenes de física, pese a que lo hará de forma subjetiva, imprecisa e irracional.
miércoles, 14 de marzo de 2012
Recordando el Quijote de nuestro tiempo.
Comenzaron a llenar la habitación, revoloteando por todos lados, iluminando mis pómulos con tonos dorados. Hacían un suave ruidillo al aletear inquietas de un lado para otro, que parecía anunciar la llegada de una primavera que como cada año regresaba amable a llenar de alegría los hogares. Bailaban guiadas por su propia melodía, creando un torbellino soleado en el que resultaba difícil adivinar dónde comenzaba o si tenía final. Hechizada por aquella danza natural que ejecutaban los insectos caí rendida sobre el colchón, respirando agitadamente. Me oí cantar sin ritmo, gritar sin palabras, soñar con la realidad que se presentaba ante mí en forma de mariposas. Su colorido cambiaba las tonalidades de mi habitación. Mi cuerpo desbordaba una felicidad que había olvidado enseñar. Ellas continuaban su exhibición, moviéndose de forma coordinada, mezclándose para crear figuras oníricas. Debido a mi exaltación me costó darme cuenta del lugar del cual se habían escapado todas aquellas mariposas amarillas. Se me antojó que en las diferentes formas de sus alas escondían un mensaje que yo debía descifrar. Fue suficiente una mirada fugaz a la estantería, que debido a mis invitadas se veía de un color áureo, para darme cuenta de que habían salido de uno de mis libros a dar una vuelta por el mundo de su inventor. ¡Pero yo no era su creadora, y sin embargo, allí estaban, centelleando a plena luz del día, invitándome a querer! Busqué por la casa a la persona que las habría hecho escapar de Macondo, hasta que agotada de danzar por las salas sin encontrar a nadie volví a la habitación que ellas ocupaban. Al regresar para volver a verlas, estas se disponían a partir. Apenada abrí el libro para que volviesen a entrar... ¡Una sorpresa la mía al darme cuenta de que se escapaban por la ventana siguiendo dispersándose por diferentes direcciones! Las mariposas amarillas de Meme y Mauricio Babilonia salieron de la fantasía para anunciar primavera y amores. Afortunados aquellos que las encuentren.
sábado, 10 de marzo de 2012
El secreto deseo de su corazón era...
A eso de las ocho mi pelo se recogía (aún lo hace) en una coleta alta que no dejaba en mi cara sin maquillar un rasgo que ocultar. ¡Vaya esperpento!, que pensaran algunos. Sin embargo me encontraba como diría un hablante anglosajón contentedly. Me hallaba con la espalda recta en la pared, sentada sobre mi colchón; que ahora se cubre con un edredón algo peculiar y que, todo sea dicho, me encanta. A un lado reposaba un libro antiguo de Goethe, concretamente el que narra las aventuras de Werther y Carlota. Tengo especial cariño a esa historia, ya no solo por la forma exaltada de narrar y describir tan típica de los románticos, sino por la manera en la que el protagonista se muestra ante su enamorada. Carlota es presentada como una muchacha de la que todas deberíamos tomar ejemplo, sosegada, dulce, alegre y con un grado más que aceptable de cultura general. Como es fácil suponer, Werther la adora desde el primer instante y la iguala a la categoría de los ángeles. La obra desencadenó todo un movimiento pasional en Alemania. Enamorados no correspondidos se suicidaron vistiendo un chaqueta azul y un chalequillo amarillo.
Nada más lejos de lo que sucedería si ese libro fuese publicado en estos tiempos modernos en los que el amor ya no es sacrificado, ni platónico, ni sufrido, ni de difícil alcance. ¿Quién se queda un sábado entre clásicos? También se encontraba sobre mi edredón el diario que ahora guarda mis desventuras o La vie en rose como lo he llamado yo. Lo he releído como otras tantas veces, pues tengo por costumbre demorarme en mis recuerdos. En mis plácidos recuerdos. Mis páginas no se tiñen con la angustia del clásico, al menos ahora no. No obstante, guardan cierto parecido con este libro que compré a un precio de risa y que me venía con añadidos de sus antiguos dueños. Una no puede dejar de identificarse con esas pasiones que incitan a luchar hasta el final. Y no me quiero referir con esto a las necesariamente amorosas, aunque haya pensamientos de Carlota que comparta, sino a las pasiones que mueven nuestros días; ya sea una afición, un sueño oculto o una persona que interrumpió sin avisar en nuestra imperturbable calma. Me gusta pensar que en ocasiones, la literatura logra que nos sintamos comprendidos por autores lejanos a nuestro entorno y época, que en algunos de sus párrafos describen las emociones que nosotros, yo, no sabemos expresar.
sábado, 3 de marzo de 2012
Recuerdos infantiles.
Lo que me gustaba de Álvaro era su risa siempre silenciosa y sus maneras vergonzosas de contestar a mi desparpajo. Conocí a ese chiquillo; siempre tuve la manía de denominarlo así pese a que era un año mayor que yo; un verano de infancia. Su madre y mamá habían sido viejas amigas de universidad, que tras lustros se habían encontrado y como si el tiempo nunca hubiera pasado para ellas habían retomado su relación por donde la dejaron al graduarse. Álvaro venía con frecuencia a visitarnos, sus padres venían con él a la hora del café y a veces no se marchaban hasta después de la hora del whisky. Lo recuerdo como un niño tímido, al que me gustaba confundir con juegos de palabras inventados por mi intelecto de nueve o diez años. Durante nuestra niñez sospeché que sentía una fuerte antipatía hacia mi persona debido a mi tono elevado y chillón y a mis risitas de niña traviesa que él no entendía. Le gustaba hacer figuritas de papel; detalle que me enamoraría años más tarde. Construía caballitos y flores de colores que después regalaba a su madre o a mamá. A mí jamás me dio ninguna, hecho que siendo yo una muchachita pizpireta, me consumía y me incitaba a ponerlo nervioso cuando trataba de concentrarse en los diseños que haría con folios de colores. A pesar de mi incansable manía por estorbarle, Álvaro jamás me dirigió una mala mirada o pronunció una sola queja, era educado, era bueno.
No me alcanza la memoria para precisar cuando dejaron de venir a observarnos sus ojos sinceros y suplicantes. Hubo unos meses en los que solo venía su madre, al parecer su matrimonio se rompía y ella no podía reconstruirlo sola. Lloraba, lo recuerdo porque solía quedarme escondida escuchando las conversaciones que tenían mamá y papá después de que se marchara. Sin embargo, los caprichos del destino no quisieron que la última impresión que Álvaro tuviera de mi fuera la de chiquilla repipi. Una navidad lo reconocí entre el gentío de unos grandes almacenes de Callao. Me había marchado a estudiar a Madrid, y según supe más tarde él también. Había superado en cierto modo su timidez, hablaba con una precisión léxica que me sorprendió y su tono era calmado, exento de excesiva entonación. Sonriendo me comentó que mi ridiculez había menguado, pero que mi expresión seguía siendo la de una niña perspicaz y traviesa. Lo invité a un valor. Hablamos durante toda la tarde sentados en una mesita de la chocolatería de la calle de San Martín. Después de ese día no hubo semana en la que no nos viéramos, hablábamos sobre asuntos banales que a nosotros nos parecían muy trascendentes, y de esa forma, juntos, éramos felices. Un día de mayo, me invitó a su ático en La Latina. Recuerdo que esa noche nos quisimos más fuerte que de costumbre. Él me dijo que se había enamorado. Yo por mi parte, lo entretuve con juegos de palabras, como cuando era niña, lo llamé chiquillo y me quedé con él. Lo que me gusta de Álvaro es que ahora sí me regala flores de papel, sigue riendo de forma silenciosa y algunos sábados me sorprende con entradas de teatro clásico.
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