A Pizarnik,
a la soledad del lenguaje,
a la opresión de la irrealidad.
Sospeché, Alejandra, que la soledad sería comprender el dolor que no siente el agua al chocar contra las ventanas, cuando la lluvia -como siempre- azota el verde de los que no se ven brillar. Sería ese ritmo que imprimen las nubes en permanente posición, sin formas con las que jugar a pasar la infancia, ni esperanzas de que se disipen dando paso al rey de mi república. La soledad era esto, aislarse en otro y no comprender qué quiere decir el cariño si una no lo siente, la soledad no era más que una lágrima en cuyo lugar sale una sonrisa torcida. Era morirse mirando un mar que nunca aparecía, era memorias de amor sin amor, era pensamientos sin fe y era esa mirada violeta con la que fulminabas los amaneceres. La soledad no era sino mi constructo de mí, y tal vez el tuyo de ti y esa visión tan subjetiva e irreal con la que nos deshacemos del supuesto mundo de distopías que encadena almas. Pero tú sabías volar, enséñame y permite que venga conmigo esta soledad...
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