No repartieron talento suficiente para todos nosotros, algunos tienen el ritmo y otros la mirada mientras que el resto simplemente tiene la pasión propia del rebelde. Hemos sabido desde que adoptamos la condición esteticista que el arte no es equitativo, que el amor no es correspondido en muchos casos y que las líneas superpuestas no siempre perecen a la muerte.
Sin embargo, no es esta escusa para cesar con aquello que nos conduce en algunos momentos a creernos magos e inventores de otras realidades espejo del mundo. Comprendimos que solo habrá una Maga y unos colores del abecedario y que las épocas no siempre dan a luz obras perennes, pero quizás, eso nos dio la fuerza para no dejar de intentar construir una vida en la que tuviésemos valor para quitarnos toda esperanza, donde la libertad fuera de verás algo intrínseco y el amor un asunto de todos y para nadie. Continuamos escribiendo y creando porque es posible que el hombre no pueda aceptar el cerco mundanal en el que consume sus vivencias sin remedio ni consuelo. Seguimos en la empresa imposible de pensarnos eternos hasta la última sílaba que se ralla sobre el papel aunque el fracaso de lectura ajena sea una imagen con la que amanecer cada día. No somos parnasianos ni modernistas, no somos fabricantes de otros sueños ni de versos potentes, pero agarramos un rayo que parece no cesar ni cuando las fuerzas flaquean y el desamparo ampara. La condición vocacional no se extirpa como un mal sueño por la mañana, un herido por la magia de las palabras no vence en este mundo la enfermedad.
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