Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

domingo, 28 de abril de 2013

El día que lloró.

La habitación olía como si nadie hubiera reído allí desde hacía años, era del color del café que queda en la taza porque se ha enfriado. El diablo estaba llorando en el centro de ella, de pie y con los brazos cruzados, enfadado con él mismo por no haber cumplido la promesa infernal de no caer a emociones humanas. Sin embargo, no dejaba de ser irónico que el primer sentimiento humanizado que experimentaba en su vida fuera precisamente por no sentir más que odio, rencores, por no decir más que ironías y sarcasmos, por no dejarse querer por aquellos ojos rebeldes que juraban sumisión. Lloraba porque le parecía perder la vida al no experimentar nada más allá de esa neutralidad, al no expresar con sus facciones algo más que una sonrisa siempre impasible, hermosa, doliente. Temía aceptar que era preferible llorar por la pérdida de algún valor querido que hacerlo por la incomprensión hacia la tragedia del que sufre. ¿No era la soledad otra abstracción que no debería haber experimentado nunca? ¿Por qué entonces se sentía tan solo sin las súplicas de amor de Marina? Nunca la amó y a pesar de ello la echaba de menos. Quizás fuera la certeza ser sospecharse necesario para alguien, ahora que la mujer no estaba, que no había nada que prohibir ni que controlar, ahora que la había visto ser feliz tras el amor cuando él solo alcanzaba a suspirar de placer, que había oído sus chillos de desesperación ante su sereno semblante, que había saboreado sus heridas con calma, ahora que se sentía inerte, muerto y débil pese a ser él quien era... Ahora lloraba. Ahora, como si nada aparece en sus labios una tierna sonrisa, al comprender que son estas lágrimas el comienzo de su transformación en hombre. 

jueves, 11 de abril de 2013

P y G.

Había deseado crear una obra que reinventase el mito de Pigmalión, ese viejo escultor que se enamoró del mármol. Lo deseo con tanta fuerza y pensó tanto en ello que no logró entender por qué un día la idea desapareció. Desapareció como había desaparecido su amor por un viejo amante y sospechó que quizás como el sentimental Pigmalión se había enamorado de su obra... pero a diferencia de este, ella lo había hecho antes de crearla. Era ilógico haber amado y no haber podido disfrutar ni siquiera el final del cariño, y haber amado una idea, una idea que en algún momento iba a ser materializada y que sin embargo, había quedado arrinconada y marchita como todos los besos que nunca había compartido con el hombre sin rostro que parecía entenderla. La visualización de algo que muere sin haber nacido le parecía insoportable, tan amarga que su alma se negaba a aceptar como real. ¿Sería posible revivir el amor? Escogió algunos restos de imaginación, los colocó ordenados en un papel y comenzó a escribir: "Había deseado crear una obra que reinventase el mito de Pigmalión y como los amores si son verdaderos siempre guardan esa magia que tiene la escultura de la historia al convertirse en mujer, decidí yo no abandonar mi boceto creativo y unir aquí unas frases con otras para intentar construir una escultura de palabras.