Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

martes, 1 de julio de 2014

Asleep.

 Era una evidencia superlativa que pensabas en mí como una nínfula marchita, tras cuyo caminar los girasoles se cerraban con cenizas. No te juzgaba pese a saber que mi vida en ti se movía sin presencia entre brumas de esperanzas en las que me habías visto dorada y fuera de la jaula. Discutir por lo que jamás se hubiera gestado había perdido su encanto, y las nuevas lolitas pidieron atención desde sus novicias torres de supersticiones. En ellas, el amor aún furioso y la pasión palpitante, sinfonía embriagadora para ti en aquellas noches en las que mis susurros eran antifaces de hipocresía que se transformaba en movimientos para masturbar el poco cariño que nos quedaba. ¿A quién a amar cuando tus manos buscaban la carne más putrefacta de mis muslos? Te leía en versos volátiles y ebrios de un prestigio que nunca llegaba, te tocaba en labios despreciables que buscaban mi desprecio más sarcástico, te veía decayendo en el abismo de la mediocridad y me sabía sin impulsos para sacarte, sin el olor a las magnolias o a  los heliotropos de las pinturas que habían decorado nuestros bocetos. Respirábamos el aroma de las vidas de papel que siempre quisimos, que se escapaban, que llorábamos cuando no nos quedaba pena para hacerlo ante la realidad. 

 Veo tu silueta desgarbada al imaginar que te harás palpable entre mis palabras que no dicen lo que dijeron una vez, que gotean la poca o mucha mundanidad que mantiene despierta a la brisa que a veces fluye entre las cortinas de este cuerpo al que llamaron alguna vez poema.

Ilustración: Paula Bonet.

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