Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor.

martes, 17 de julio de 2012

Tarín, tará.

 Me he puesto un vestido miraflorino; los llamo así porque me parece que esta prenda resultaría idónea, si algún día tuviera la oportunidad de viajar al pasado y salir a bailar al escenario de una de esas fiestas en dicho barrio en Lima, quizás en los años 30 o quizás en los 40. Estoy sin compañía en esta tarde de verano como otra cualquiera, me he puesto bonita para el espejo, no necesito que nadie venga a aplaudir mis monerías. Bailo para mí, hago piruetas, salto de un lado a otro moviendo la faldita roja de mi atuendo. ¿Alguien se podría enamorar de mi en esta circunstancia? Mi hombre ideal lo haría, pues estoy despeinada, sonriente, y encantadora, aunque quede pedante o cursi designarse con esa palabra una misma. No puedo dejar de desear que aparezca llamando al timbre con un enorme ramo de rosas rosas, la esperanza entre los labios y la alegría en un puño que solo yo tendría el poder de extender y besar después.
 Vuelvo a pensar que la felicidad no es más que una actitud, una manera de ver la suerte, una corriente más del vitalismo, la cual normalmente dosificamos en minutos u horas, según la ocasión. Quizás haya perdido mi facultad para que las frases bailen entre ellas, pero ¡ay! no pienso en abandonar ahora, justo cuando los años me parecen más ligeros y las risas llegan fáciles. Voy a continuar bailando vestida de rojo y con los ojos brillantes, te invito.

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